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lvtdigital
Miércoles, 16 octubre 2013 | Leída 286 veces

El taxi debe reinventarse

En estos últimos años el sector del taxi, al igual que el resto de los sectores empresariales que forman el tejido empresarial español, está recibiendo contantes oleadas de una clara política liberalizadora. Esto es algo innegable. Y hasta ahora, el colectivo del taxi -un sector absolutamente contingentado y bajo la férrea tutela de los ayuntamientos- mal que bien ha resistido con cierta dignidad todos y cada uno de los embates de la marea liberalizadora, aunque es verdad que perdiendo en cada embate un pedazo de su valor de mercado.
Siempre se ha sostenido la idea de que la liberalización del sector del taxi sería, con absoluta seguridad, el principio del fin de este gremio…, pero deberíamos preguntarnos ¿el principio de qué fin? Si fuera el principio del fin de ese parón evolutivo que lleva años desintegrando, poco a poco, a este colectivo, no sólo no sería negativo, sino que sería lo más positivo que le podría ocurrir al taxi; si fuera el principio del fin de un estancamiento pernicioso que impide que este gremio pueda competir en igualdad de condiciones con otros transportes, públicos y privados, que cada día que transcurre adquieren más ventajas tecnológicas lo que les posibilita ir aumentando su porción de mercado en detrimento de un sector del taxi cada vez más débil y obsoleto, sería una excelente noticia.
El fin del taxi sólo podría llegar de la mano de una prolongación en el tiempo más allá de lo deseable del modelo actual.
Más tarde o más temprano el taxi no podrá seguir resistiendo, y acabará por llegar la última ola de la marea liberalizadora que tumbará las débiles barreras que se siguen construyendo a su alrededor. Los débiles muros que se levantan, con gran trabajo y con un extraordinario despliegue de fuerzas, llegará el momento en que ya no sirvan para contener la liberación del mercado que los actuales pilotos de la política económica se han empeñado, con tozudez inquebrantable, en hacer llegar a todos los rincones del tejido empresarial europeo como fórmula mágica que hará posible alcanzar el siempre anhelado bienestar social.
El taxi no debe continuar construyendo los muros de arena que hasta ahora han podido, a duras penas, contener la marea liberal. El taxi no debe abstraerse, una vez más, de la tozuda realidad que azota la vida empresarial como única receta para sanear de manera definitiva nuestro tejido empresarial. El taxi debe reinventarse, adaptarse a la realidad industrial y plantar cara, de una vez por todas, a la evolución. No se puede seguir luchando contra los acontecimientos para retrasar lo inevitable, porque al final se habrá realizado un desgaste enorme de fuerzas invertido de manera equivocada y, por lo tanto, inservible. El taxi no puede seguir siendo el último reducto de una actividad empresarial borracha de obsolescencia. El taxi es un enrome, un gran sector que no se merece esta situación.
Cambiemos el sector mirando de frente a la realidad y abandonemos el papel de víctimas que ocupan el último reducto empresarial sostenido por viejas estructuras incapaces de poder soportar el peso de todo un futuro. Cambiemos nuestro modelo por propia iniciativa, antes de que nos obliguen a hacerlo.

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